LA ESPONDILITIS ANQUILOSANTE

La espondilitis anquilosante es una enfermedad inflamatoria crónica y sistémica. Es conocida como la enfermedad de la caña de bambú, ya que la fusión de las articulaciones vertebrales hace que la columna adopte la forma del tallo de dicha planta, limitando la movilidad y aumentando el riesgo de fractura vertebral.
Si bien el síntoma más conocido es el dolor de la espalda, la espondilitis es más que un dolor de espalda ya que otras articulaciones e incluso otros órganos pueden verse comprometidas.
En el aparato locomotor, las partes del cuerpo más comúnmente afectadas son la columna vertebral y las articulaciones sacroilíacas. Pero también puede afectar a las grandes articulaciones de miembros inferiores y superiores, o a los tejidos blandos, siendo en este caso las inserciones de los tendones en los huesos las más afectadas.
Además de lo anterior, la espondilitis puede tener una afectación extraarticular debido al carácter sistémico de la enfermedad. Estas afectaciones poder ser: uveítis, afectación cardíaca, afectación pulmonar, enfermedades inflamatorias intestinales e incluso prostatitis.

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DOLOR

Al dolor encadenado, vertebrándome la vida,
rígido metal, sus hediondos eslabones
corroyendo mis entrañas, oxidados diapasones,
forjan día y noche su torcida siderurgia.

La manifestación por excelencia de la espondilitis anquilosante es el dolor.
El dolor es el comienzo de tus alertas. Un dolor que no tiene origen definido. Te duelen partes del cuerpo que no se han golpeado, ni elongado, ni han estado sometidas a ningún tipo de sufrimiento previo. Viene y va, sin sentido ni razón. Hasta que se queda.
Dolor como antesala de la inflamación, de la rigidez, del cansancio, de la pérdida de concentración, de la falta de descanso, de la incapacidad para afrontar actividades cotidianas, de la afectación sistémica que acompaña la enfermedad.
Sin embargo, no solamente es dolor físico. Hay algo más allá. Están tus sueños rotos, que también duelen. Tus planes que se anulan, que también duelen. Tus sentimientos descontrolados, que también duelen. Tus relaciones que se escapan, que también duelen. Tus oportunidades perdidas, que también duelen.
Dolor como definición de los que no alcanzan a entender sus implicaciones. “Es que le duele la espalda” dicen de ti. Ojalá fuese así, pero no. La realidad es que es mucho más que un dolor de espalda.

SACROILEITIS

Mansedumbre y sumisión,
cabeza gacha y tu valor.
¡No te atrevas, alma ingenua,
a osar siquiera una ilusión!

Una articulación desconocida, sin apenar movimiento logra paralizarte por momentos. El dolor se difumina por toda la zona, lo que te confunde y desorienta al médico,
Se trata de un dolor punzante por debajo de la zona lumbar, difícil de explicar y localizar. Pasa por ser una lumbalgia o por una ciática si su intensidad hace que el dolor te irradie por la pierna. Molesta al estar sentado, tumbado, al andar, al levantarse, al usar escaleras o al bajar bordillos.
En muchos casos es la carta de presentación de tu nueva condición. Encontrarte inmóvil, aislado de tu mundo normal, te enseña hacia donde va a ir tu nueva vida.

 

COSTOCONDRITIS

No hay ganzúa que abrir pueda
esta cerradura de carne atascada.
No hay mazo, ni ariete, ni clava
que reviente esta rueca envenenada.

Articulaciones desconocidas se presentan en tu vida con dolor. La inserción de las costillas en la columna y en el esternón también pueden ser víctimas de la inflamación. Hasta entonces ni siquiera eras consciente de que esa era una parte articulada de tu cuerpo.
No es una inflamación visible. Ni para ti ni para los demás. Pero la sientes perfectamente. Consigue que tu día a día se complique. La simple acción de estornudar, toser o incluso respirar hondo pasa a ser todo un reto al que enfrentarte.
Duele tanto que cuando sientes que estás a punto de estornudar se te corta la respiración. Entras en tensión completamente. Te manipulas la nariz para evitar el estornudo. Si es un tosido intentas no abrir la boca para que la caja torácica se mueva lo menos posible. Pero no siempre se puede evitar. Las veces que no lo puedes contener, lo que sientes es como un mazazo en el esternón con toda la furia de tu enfermedad concentrada en un solo punto.

PERIFÉRICA

Grotescos márgenes de esta ciudad,
periferia sin norte de humanidad,
de enferma guerra son fértil cultivar.
¡Derruid los suburbios! ¡Temblad!

La inflamación se abre paso a otras articulaciones con más movilidad. La rodilla, el tobillo o el talón de Aquiles; hombro, codo, muñeca o los dedos de las manos son susceptibles de inflamarse. Tu cuerpo reacciona llenando la articulación de líquido para paliar el dolor. A cambio de presión interna, a veces insoportable, y disminución de movilidad, a veces total.
No sólo se complica el caminar, también levantarte desde el suelo o desde una simple silla, levantar una botella, lavarte el pelo. Lo cotidiano pasa a ser excepcional. La intimidad, compartida. Te ves en la tesitura de elegir si descansar y no poder reemprender camino o seguir aguantando el dolor para no detenerte por un tiempo desconocido.
La solución natural es un arma de doble filo. A cambio de una pequeña disminución del dolor sometes las articulaciones a un desgaste más rápido del habitual. Si no consigues parar la inflamación, el desgaste puede acabar destrozando la articulación y provocando un reemplazo temprano.

PRÓTESIS

En mi pellejo llevo grabados
bocetos de sangre y de hiel.
Su autor, un azar cabreado.
Galería de arte, funesto riel.

Amputar una articulación, destrozada por la enfermedad, que anula una parte de ti, que te impide seguir con tu vida es ineludible. Tienes que arrancarla, quemarla, que desaparezca ella y su dolor y sustituirla por una parte extraña, artificial, indolora e insensible al mismo tiempo.

Es un paso adelante en tu calidad de vida. Simula una recuperación que no es, porque nada se ha recuperado de tu cuerpo. Ha desaparecido para siempre. Sigues siendo tú, pero ya no eres tú al mismo tiempo. Extraña sensación sentirte mejor al desprenderte de ti mismo. Que recordarás, aunque quisieses olvidarlo, por el tatuaje sin tinta que marca tu piel para siempre

UVEITIS

Realidades confundidas,
espejismos, distopías.
Mis sentidos no me sirven,
mi intuición yace vencida.

El inicio aparenta ser una conjuntivitis. No lo es, no hay un agente externo que esté atacando tu ojo. Es tu organismo que hace que una de las capas se inflame y tengas que recurrir a la ayuda de un oftalmólogo para detener el desastre que se avecina.
Al principio son colirios, y no eres capaz de entender la gravedad. Pero si la inflamación sigue descontrolada, empieza dañar otras partes de tu ojo. Empiezas a perder visión y recuperarla por etapas. Cada vez un poco menos. Si sigues sin poder controlar la inflamación, afecta a partes más sensibles. Llega a la mácula, la degenera y la mitad de tu vista desaparece de tu cuerpo.
Ya solo te queda un ojo útil. Ese ojo te hace ver el fantasma de la ceguera más cerca, mucho más. Tanto que puedes sentir su aliento. Si entonces tienes un brote en el otro ojo, te posee el terror. El miedo a perder algo que no te planteabas poder perder. No volver a ver a tus seres queridos, no volver a leer, no volver a ver paisajes, … Una lista interminable y ensordecedora que no puedes sacar de tu cabeza.

PERICARDITIS

No soy hombre envejecido
ni animal embrutecido.
Maquinaria soy, diseño fallido,
de carne un constructo envilecido.

Se te instala un pinchazo continuo en el corazón. Como si la aguja de un pequeño inflador se instalase en tu corazón, rozándolo y recordándote que está ahí, preparado para entrar en acción en cualquier momento. En cada respiración la sientes clavada dentro de ti. Cuanto más profundo respires, más intenso será el pinchazo.
La continuidad, ya normalizada, se rompe con un estallido. A cada latido, sientes como si un poco de aire entrase en tu pecho. Como si un globo se estuviese hinchando dentro de ti. Más latidos. Más se hincha el globo. Más presión en el corazón. Más dolor. Más sensación de que algo está a punto de estallar.
No hay remedio que aplicar. Solo doblarte sobre ti mismo. Calmarte. Soportar que tus propios latidos bombeen en tu cuerpo un dolor cada vez más intenso. Hasta que, con suerte, todo se pase al cabo de unos minutos. Hasta el siguiente brote. O no. Porque eres consciente de que quizá este sea el último y definitivo.

INTESTINAL

Lluvia pútrida de aguas fecales
riega corrupta mis desazones.
Gotas que desgarran puntiagudas
vísceras, huesos, anhelos y verdores.

Un dolor punzante anuncia la tortura. Siempre en los mismos puntos de tu cuerpo. Le sigue el intento de expulsarlo fuera de ti, sea el momento que sea, en cualquier situación en que te encuentres, en los lugares más insospechados. Ves salir cosas de tu cuerpo que no corresponden a lo habitual, de heridas internas que no ves pero si sientes perfectamente.
Y no solo es el dolor. Son ausencias prolongadas inaplazables en el trabajo, con la familia. Tu vida interrumpida por vergonzantes paradas obligatorias. Alargadas porque el dolor no te permite ni ponerte en pie, con finales difusos. Parece que todo ha terminado, pero al desplazarte unos pocos metros de tu trono del dolor, vuelves a recuperar el puesto de rey del sufrimiento que te corresponde por genética.
Te obliga a encerrarte en tu casa para poder tener la intimidad necesaria y cubrir tus necesidades, tanto fisiologicas como físicas. No concibes otro lugar donde poder afrontar algo así, cuando lo único que puedes hacer es moverte de la cama al baño completamente encorvado de dolor.

PSORIASIS

Cual corteza frágil de tierra maldita
se resquebraja el cuero que me confina.
Fracturas de magma petrificado
mi relieve deforman: tectónica lasciva.

Aparecen como una leves manchas rojas sin importancia. Poco a poco crecen, se engordan, endurecen, se resquebrajan, sangran, formando placas de horrorosa apariencia que no puedes disimular. Una mezcla de picor, dolor y vergüenza llega a tu vida en forma de urticante disfraz. Cada zona afectada tiene sus particulares implicaciones. Calvas que aparecen donde antes habia pelo socavan tu autoestima. Heridas en los pies te incapacitan para pisar y andar con naturalidad.
No puedes vestir con normalidad. Te gustaría no tener ropa encima porque el simple roce de en esa zona aumenta el dolor y picor. Pero tienes que ocultarlo. La incomprensión de la gente te hace sentir un apestado. Su miedo a que sea algo contagioso te aísla. Rehuyes el contacto con otros por tu miedo a su rechazo. En la intimidad, llegas a no tener relaciones sexuales. Cuesta compartir tus amaneceres con ropa y sábanas que se manchan de sangre.

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